Cuando una pareja o una familia llega a mediación, casi siempre trae la misma pregunta de fondo, aunque nunca la formule así: «¿quién de los dos tiene razón?». Es la pregunta más humana que existe, y también la única que un mediador familiar tiene prohibido responder. No porque no se forme una opinión —cualquier profesional con experiencia la tiene, casi siempre, antes de terminar la primera sesión—, sino porque en el momento en que la dijera dejaría de mediar y se convertiría en un tercer contendiente, ahora con más autoridad que los otros dos para hacer daño.
Se suele imaginar la neutralidad del mediador como una forma de distancia o de indiferencia: alguien que «no se moja», que escucha sin implicarse. En la práctica ocurre justo lo contrario. La neutralidad real no es no querer el bien de nadie: es la disciplina, exigente, de querer el bien de ambas partes exactamente a la vez, incluso cuando ellas ya no consiguen quererlo la una para la otra. Si de verdad no importara ninguna de las dos partes, el trabajo sería mucho más sencillo; bastaría con escuchar por cortesía. Lo difícil —y lo que distingue una mediación bien hecha— es sostener, sin que se anulen entre sí, el malestar de cada uno, sabiendo que en buena parte de los casos son malestares que se han causado mutuamente.
Esa neutralidad activa exige, en primer lugar, aparcar el propio juicio anticipado para poder ver el conflicto tal como realmente se presenta, y no como ya se ha decidido interpretarlo. En segundo lugar, exige resistir la tentación —muy humana, y muy cómoda— de reducir a cada persona a una etiqueta que simplifique el conflicto: «el culpable», «el que no colabora», «el problemático». Un buen mediador reconoce en cada parte algo más que la peor cosa que ha hecho o dicho durante la ruptura; en el momento en que deja de hacerlo, ya no está mediando entre dos personas, sino arbitrando entre dos caricaturas, algo mucho más cómodo y mucho menos verdadero.
Y aquí está, quizá, lo que menos se entiende de esta profesión desde fuera: casi nunca se trata de repartir la razón al cincuenta por ciento, como si fuera un botín. Cada familia rota lo está de una manera irrepetible, y la solución que le sirve a una casi nunca es la misma que le serviría a otra, por muy parecidos que parezcan los conflictos en la superficie. El trabajo de mediación consiste, sobre todo, en despejar con paciencia el terreno para que cada familia encuentre, caso por caso, su propia salida —una que ningún tercero, por experimentado que sea, podría haber prescrito de antemano—.
Ningún mediador, ni el más experimentado, reconcilia a nadie por decreto. Lo que sí puede ofrecer, y no es poco, es un espacio donde ambas partes son escuchadas de verdad, sin que ninguna quede convertida de antemano en la villana de la historia de la otra. Y cuando la reconciliación plena no es posible, que al menos cada uno salga de ese proceso habiendo sido visto, por una vez en medio de la ruptura, como algo más que el enemigo del otro; eso, casi siempre, ya cambia el modo en que la familia sigue adelante, sobre todo cuando hay hijos de por medio.
Si estáis atravesando un conflicto familiar y os gustaría contar con este tipo de acompañamiento neutral y profesional, en C.A.P.Y.F. ofrecemos mediación familiar presencial (Barcelona, Girona, Tarragona) y online. Podéis escribirnos por WhatsApp al 665 505 913 o al correo info@capyf.org, o consultar la sección de Mediación Familiar en capyf.org.