Blanco por fuera… y debajo, la verdad del ladrillo.
Realidad aparente
¿verdad o blanqueo?
Una reflexión desde un patio, un pozo y una pared desconchada
El desconchado
En la visita a un hombre de cierta edad, muy cuidadoso y meticuloso, con una perfección que se acerca a la obsesión, lo encontré tomando el sol en un patio de su casa: una zona de plantas con un pozo de agua como los de antaño. Mientras hablábamos, observé un gran desconchado en la pared.
Es curioso, pero yo sabía que ese hombre, cada año, compraba botes de pintura blanca en cantidad para blanquear sus paredes. Capa sobre capa, año tras año, con una apariencia de nuevo realmente admirable. Cabe decir que compraba la pintura más barata del mercado, y que puntualmente, en el día señalado, procedía a ese trabajo.
Me fijé en el desconchado y lo miré con detalle. Se observaba que la humedad persistente de los ladrillos había procedido a «expulsar» no solo la pintura, sino una «piel de cemento», dejando a la vista la realidad del problema: la falta de mantenimiento antihumedad de esa parte de la pared.
Se me escapó el pensamiento: blanco por fuera, podrido por dentro. Quizás como reverberación de un reproche que encontramos en el Evangelio, cuando Jesús compara a los hipócritas con sepulcros blanqueados, hermosos por fuera y llenos de podredumbre por dentro (Mt 23,27).
En el viaje de regreso fui perfilando una pregunta que todavía me acompaña: ¿qué relación hay entre la verdad auténtica y la verdad aparente? ¿Hay dos verdades?
No escribo esto contra aquel hombre. Escribo porque, mirando su pared, vi la mía.
¿Dos verdades?
La pregunta es tan antigua como la filosofía. Parménides, en su poema, pone en boca de una diosa la distinción entre dos caminos: el de la verdad, que es el camino de lo que es, y el de las opiniones de los mortales, en las que no hay certeza verdadera. La diosa enseña ambos, pero solo uno conduce al ser. No son dos verdades: es la verdad y su sucedáneo.
Y aquí la lengua griega nos regala algo que el desconchado ilustra mejor que cualquier tratado. La palabra griega para verdad, alétheia, significa literalmente «des-ocultamiento»: lo que sale de lo oculto, lo que deja de estar tapado. Aquella tarde, la humedad hizo de filósofa: des-veló. La verdad, en su sentido más originario, no es lo que se pone encima; es lo que aparece cuando cae lo que estaba encima.
Lo que es y lo que parece
Aristóteles dio la definición más sencilla y más exigente que se conoce: decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es lo falso; decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es lo verdadero (Metafísica IV, 7). Santo Tomás la recogió y la precisó: la verdad es la adecuación entre la cosa y el entendimiento (De veritate, q. 1, a. 1). Y añadió algo decisivo: la verdad y el ser se convierten, son lo mismo visto desde dos lados. La verdad está anclada en lo que las cosas son, no en lo que parecen.
De aquí se sigue una consecuencia que conviene pensar despacio. La pintura, en sí misma, no es falsa: es verdaderamente pintura. Lo falso es el mensaje que la pared emite al mundo: «estoy sana». La mentira no está en la cal; está en la intención de que la cal diga lo que el ladrillo no es.
Por eso la expresión «verdad aparente» es, en rigor, una contradicción. La apariencia puede ser verdadera, cuando manifiesta lo que hay dentro, o falsa, cuando lo suplanta. Pero nunca es una segunda verdad. Hay una sola verdad, y muchas maneras de taparla.
La pintura más barata
Platón planteó el problema en su forma más cruda en el libro II de la República. Glaucón propone un experimento mental: imaginemos al hombre perfectamente injusto que goza de fama de justo, y al hombre perfectamente justo que pasa por injusto. ¿Quién es más feliz? Su hermano Adimanto va más lejos y recuerda a los poetas que enseñaban que el parecer se impone incluso a la verdad. Sócrates dedica el resto de la obra, nada menos, a demostrar lo contrario: que ser justo vale más que parecerlo, aunque el mundo entero se equivoque.
Hay un detalle del patio que no quiero pasar por alto: la pintura era la más barata del mercado. La apariencia es barata a corto plazo y carísima a largo. Obliga a repintar cada año, y cada capa añade un peso que la humedad acabará expulsando de golpe, con piel de cemento incluida. La verdad pide una inversión seria, una vez, en el lugar justo: el muro por dentro. La apariencia pide una inversión pequeña, siempre, en el lugar equivocado.
Santo Tomás, cuando trata de la simulación y la hipocresía (Suma Teológica II-II, q. 111), las describe como una mentira que no se dice con palabras sino con hechos: mostrar con signos exteriores lo que interiormente no se es. El blanqueo es exactamente eso: una mentira dicha con brocha.
En el acompañamiento a familias he visto muchas paredes así. Matrimonios impecables durante años, hogares «sin problemas», hasta que un día salta el desconchado: una frase, un silencio que ya no se sostiene, un hijo que se quiebra. Y casi siempre, cuando por fin se mira el ladrillo, la humedad llevaba mucho tiempo allí. Lo que parecía una catástrofe repentina era la verdad que, simplemente, ya no cabía debajo de tantas capas.
La humedad siempre sale
San Agustín añadió la observación psicológica más fina que conozco sobre este asunto: los hombres aman la verdad cuando les ilumina, y la odian cuando les reprende (Confesiones X, 23). Ese es el verdadero drama del blanqueo. No es ignorancia de la humedad; es preferir no ser reprendido por ella.
Dostoievski lo llevó hasta su último extremo. En Los hermanos Karamázov, el anciano Zósima le dice al padre de familia que lo principal es no mentirse a uno mismo, porque quien se miente y escucha su propia mentira acaba por no distinguir la verdad ni dentro de sí ni a su alrededor, y termina perdiendo el respeto a sí mismo y a los demás. Ahí está el peligro más hondo: no que los demás crean en nuestra pared, sino que acabemos creyendo en ella nosotros.
Vivir en la verdad
Tomás Moro pudo haber blanqueado. Le bastaba con jurar lo que el rey exigía, guardándose por dentro su reserva, como hicieron tantos hombres respetables de su tiempo. Se negó. Desde la Torre de Londres escribió a su hija Margaret cartas serenas sobre la conciencia, y en el cadalso, según la tradición, dijo morir como buen servidor del rey, pero de Dios primero. Perdió el cargo, la hacienda y la vida por no pintar una pared que sabía húmeda.
Siglos después, Václav Havel describió en El poder de los sin poder a un verdulero que coloca en su escaparate un cartel con una consigna del régimen. No cree en ella; la pone para que lo dejen tranquilo. Ese cartel es pintura blanca: una señal de sumisión disfrazada de convicción. Havel llamó a esto «vivir en la mentira», y propuso lo contrario, «vivir en la verdad», que empieza por algo tan pequeño como dejar un día de poner el cartel. Solzhenitsyn, en Vivir sin mentira, no pidió heroísmos a sus compatriotas: les pidió solo no participar personalmente en la mentira.
Y Gandhi, el único hombre de Oriente que me permito traer aquí, tituló su autobiografía Historia de mis experimentos con la verdad, y llegó a decir que había pasado de afirmar que Dios es la Verdad a afirmar que la Verdad es Dios. Desde otra tradición, una intuición que resuena con fuerza en quien cree que la Verdad no es una idea, sino Alguien (Jn 14,6).
Mantener la pared por dentro
Nada de esto es un elogio del descuido. Cuidar la forma, pintar la casa, presentarse con dignidad, es bueno y es humano. El problema no es la pintura; es la pintura que sustituye al mantenimiento.
Leonardo Polo enseñó que la persona no es su fachada, sino un ser con un dentro: un ser íntimo, abierto desde dentro. Su discípulo Juan Fernando Sellés lo desarrolló en su Antropología de la intimidad: lo más hondo de cada uno no es lo que manifiesta, sino lo que es en su intimidad; y la manifestación es verdadera cuando nace de ahí. Agustín lo había dicho antes con una frase que debería estar escrita en todos los patios: no quieras salir fuera; vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad (De vera religione, 39, 72).
El mantenimiento antihumedad del alma tiene nombres viejos: autocrítica,reconciliación con misentido ético y moral, conversación sincera conmigo mismo y con quien pueda aportar confianza y acompañamiento. Es más lento que repintar, cuesta más, no se ve, y nadie lo admira desde la calle. Pero dura.
Al final del Fedro, Sócrates hace una oración que podría ser la respuesta a mi pregunta del viaje de regreso: pide a los dioses ser bello por dentro, y que todo lo que tenga por fuera esté en armonía con lo de dentro. No hay dos verdades. Hay una sola, que cuando es verdad por dentro puede también, sin miedo, resplandecer por fuera.
De vuelta al patio
Recuerdo ahora el pozo de aquel patio. El agua del pozo da vida precisamente porque está en lo hondo, reconocida, acogida, con un brocal que la contiene. Y es la misma agua, subiendo sin cauce por los ladrillos, la que pudre la pared. Con la verdad ocurre igual: acogida en lo hondo, da vida; tapada, corroe.
Una sola verdad
Vuelvo, pues, a la pregunta que me traje de aquel patio: ¿hay dos verdades? No. Hay una sola verdad, como hay una sola pared. Lo que llamamos «verdad aparente» no es otra verdad, sino una tregua que pactamos con la mentira y renovamos cada año, con pintura barata y una puntualidad admirable. La verdad no compite con la apariencia: espera debajo de ella, con la paciencia de la humedad. Y tarde o temprano elige su momento, que casi nunca es el nuestro. Por eso la sabiduría no consiste en pintar mejor, sino en atreverse a mirar el ladrillo antes de que la pared hable por nosotros. Entonces el desconchado que nos avergüenza deja de ser una derrota y se convierte en el primer gesto de misericordia de la verdad con nosotros: la grieta por la que, al fin, se puede empezar a curar.
Aquel hombre seguirá blanqueando su patio cada año, en su día señalado, y quizá yo siga blanqueando alguna pared de las mías. Pero desde aquella tarde sé algo que ya no puedo despintar: la pared más blanca no es la que mejor se pinta, sino la que está sana por dentro. Sócrates lo pidió en una oración; Tomás Moro lo pagó con su vida; a nosotros, de ordinario, solo se nos pide algo más modesto y más difícil: no volver a coger la brocha antes de haber mirado el ladrillo.
Y dejo al lector la pregunta que me hice yo en el viaje de vuelta: si mañana se desconchara tu pared, ¿qué verían los demás… y qué verías tú?
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Esteban Noguer
CAPYF – Centro de Atención Personal y Familiar
Referencias
Parménides, Sobre la naturaleza (Poema), fragmentos 1–8.
Platón, República, libro II (357a–367e).
Platón, Fedro, 279b–c.
Aristóteles, Metafísica, libro IV, cap. 7 (1011b).
San Agustín, Confesiones, libro X, cap. 23.
San Agustín, De vera religione, 39, 72.
Santo Tomás de Aquino, Quaestiones disputatae de veritate, q. 1, a. 1.
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 111.
Santo Tomás Moro, Cartas desde la Torre (correspondencia con Margaret Roper, 1534–1535).
Fiódor Dostoievski, Los hermanos Karamázov, libro II, cap. 2.
Mahatma Gandhi, Autobiografía: historia de mis experimentos con la verdad.
Aleksandr Solzhenitsyn, Vivir sin mentira (1974).
Václav Havel, El poder de los sin poder (1978).
Leonardo Polo, Antropología trascendental.
Juan Fernando Sellés, Antropología de la intimidad.
Biblia: Mt 23,27; Lc 12,2; Jn 14,6.