SILENCIO Y SOLEDAD
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Comienza la Bitácora: Estancia I
El Despojo | Capítulo 1: El desembarco en la nada
He pasado demasiado tiempo creyendo que mi vida era la suma de mis palabras de mis acciones e incluso de mis consecuencias . Me he sentido seguro en el eco de los diálogos, en la "alta definición" de los planes y en el refugio de los conceptos que yo mismo construí para no sentir frío. Pero hoy,un dia primaveral de un frio invierno, en una pausa entre lluvias y heladas algo se ha quebrado.
He decidido dejar de ser el narrador de mi vida para ser su testigo.
El silencio no es la ausencia de sonido; es la presencia de todo lo que el ruido me impedía ser. Al principio, este silencio es hostil. Te muerde. Te recuerda que eres un extraño en tu propia piel. Te grita todas las mentiras que te has contado para sentirte acompañado: esa necesidad de ser visto, de ser validado, de ser "alguien".
Pero cuando dejas de luchar, cuando dejas de intentar llenar el vacío con pensamientos, ocurre el milagro del despojo. Sientes que el aire que entra en tus pulmones no es tuyo, es un préstamo. Es el aliento que El Origen insufló en el barro que eres.
No hay autocomplacencia aquí. Estar solo es descubrir que, a solas, no hay a quién mentir. El ego busca desesperadamente una distracción, un libro que leer, una pantalla que encender, una idea a la que aferrarse. Pero yo me quedo quieto. Me obligo a habitar la incomodidad de no ser nada.
Y es ahí, en esa desnudez que roza la locura, donde escucho por primera vez la vibración. No es una voz externa. Es Aquel que susurra en mis adentros, reclamando el espacio que el ruido le había robado.
El silencio es un bisturí. Al principio, su filo asusta. Estamos tan acostumbrados a la anestesia del bullicio que la mera idea de quedarnos a solas con nuestra propia conciencia nos produce un vértigo físico. Mi "yo" social, ese que ha vivido en diálogo constante con el mundo, se rebela. Teme que, al apagarse las luces de la escena, él deje de existir. Y tiene razón: ese "yo" está hecho de reflejos. Sin el espejo de los demás, ese personaje se desvanece.
Me pregunto: ¿quién soy yo cuando nadie me mira? ¿Quién queda cuando el eco de mis propios libros se apaga?
Es una provocación necesaria. La mayoría de nosotros vivimos como inquilinos en una casa que no conocemos, habitando solo las habitaciones donde hay conexión y ruido. Nos da pánico bajar al sótano, allí donde el aire es más denso y no hay cobertura. Pero es precisamente en ese sótano donde El Origen dejó sus planos.
Siento la urgencia de encender una luz, de abrir una ventana, de buscar una excusa para no mirar hacia adentro. El ego es un gran estratega de la distracción. Me sugiere que esto es "perder el tiempo", que debería estar produciendo, creando, comunicando. "Vivir es hacer", me grita el mundo. "Vivir es ser", susurra la nada.
En esta fase del viaje, el cuerpo empieza a hablar. Mi respiración es errática, como si mis pulmones no supieran qué hacer con un aire que no lleva palabras. Pero decido no moverme. Sostengo el vacío. No busco la paz —la paz es una recompensa, no una herramienta—, busco la verdad. Y la verdad es que tengo miedo de descubrir que soy mucho menos de lo que creía, y al mismo tiempo, algo mucho más vasto de lo que puedo soportar.
A medida que las horas se dilatan en este retiro forzoso de la palabra, el silencio empieza a cobrar una densidad física, casi matérica. Ya no es una ausencia; es un fluido que lo llena todo, una sustancia invisible que presiona mis tímpanos y me obliga a escuchar hacia atrás, hacia la nuca, hacia el centro mismo del cráneo. Mi percepción se está recalibrando. En el mundo del ruido, la atención es un foco que salta de un estímulo a otro, agotándonos en una danza frenética de luces y sombras. Aquí, en la soledad pura, la atención se convierte en un lago en calma donde el menor movimiento produce ondas infinitas.
Escucho mi corazón. No como un dato biológico, sino como un tambor rítmico que golpea contra la caja de resonancia de mi caja torácica. Es un ritmo que yo no decido. Es una orden que viene de más lejos, de un lugar anterior a mi memoria. Es el pulso de El Origen, una ingeniería de la vida que se sostiene a sí misma sin que mi voluntad tenga que intervenir. Qué cura de humildad es sentir que lo más vital de mí —el latido, el aliento, la sinapsis— sucede a pesar de mí, no gracias a mí.
Me doy cuenta de que he vivido gran parte de mi vida ignorando la maravilla de mi propio diseño por estar demasiado ocupado intentando "mejorarlo" o "explicarlo".
El silencio es también un microscopio emocional. De repente, una pequeña punzada de tristeza, o un destello de alegría sin causa aparente, adquieren proporciones catedralicias. No puedo distraerme. Si surge un pensamiento de culpa, no hay una televisión que encender para acallarlo. Si surge un deseo de vanidad, no hay un aplauso externo que lo alimente. Estoy atrapado en la sala de máquinas de mi alma, y el vapor de mis propias contradicciones empieza a empañar los cristales.
Es aquí donde el viaje se vuelve provocador para el pasajero. Porque el silencio me pregunta con una voz que no usa aire: "¿A qué le tienes miedo realmente?". Y descubro que no le tengo miedo a la muerte, ni al fracaso, ni al olvido. Le tengo miedo a la inmensidad de lo que soy cuando dejo de ser "alguien". Le tengo miedo a la libertad absoluta de no tener que demostrar nada a nadie, ni siquiera a mí mismo.
El ego, ese polizón que siempre busca el control, intenta boicotear el proceso. Me sugiere que me levante, que haga una anotación "intelectual", que racionalice lo que estoy sintiendo para convertirlo en un concepto manejable. Quiere domesticar el misterio. Pero me resisto. Sostengo la mirada a esa sombra que proyecta mi propia existencia sobre la pared de la soledad.
Miro mis manos. Son las herramientas con las que he intentado asir el mundo. Ahora, en reposo sobre mis rodillas, parecen objetos extraños, fragmentos de un diseño que me ha sido dado para explorar, no para poseer. Siento el peso de mis huesos, la arquitectura de mis articulaciones, y reconozco en ellos una sabiduría que no he aprendido en ningún libro. Es la caligrafía de Aquel que susurra en mis adentros, escrita en calcio y tendones.
Cada respiración se vuelve ahora un capítulo en sí misma. El aire entra, frío, por la nariz, recorre la garganta y expande el pecho, para luego salir cálido, transformado. Es un intercambio constante con el universo, un recordatorio de que nunca estoy realmente solo, porque estoy inhalando lo que el mundo exhala. La soledad absoluta es una ilusión del ego; la conexión absoluta es la verdad de El Origen.
El tiempo, en la soledad, deja de ser una flecha para convertirse en un círculo. Fuera, en la vida de los diálogos y los compromisos, el tiempo es un tirano que nos empuja por la espalda, una cuenta atrás que nos obliga a "aprovechar" cada minuto. Pero aquí, sentado en el centro de mi propio silencio, el tiempo se ha vuelto espeso, como la miel. Cada segundo tiene un peso específico. Puedo sentir el intervalo entre un latido y el siguiente, ese espacio en blanco donde, técnicamente, no está ocurriendo nada, y sin embargo, es donde ocurre todo lo importante. Es el espacio donde El Origen sostiene mi existencia.
Me doy cuenta de que gran parte de mi angustia vital nacía de intentar llenar esos intervalos. Nos aterra el vacío entre dos notas musicales, entre dos palabras, entre dos suspiros. Creemos que la vida es el sonido, cuando la vida es, en realidad, el silencio que permite que el sonido sea audible.
Observo la luz que entra por la ventana. No es una luz cualquiera; es una luz que parece estar preñada de motas de polvo que danzan en un orden que solo ellas conocen. Antes, esas motas de polvo eran "suciedad" o algo invisible en el ajetreo del día. Ahora, son un testimonio de la física del asombro. Las miro y veo en ellas una metáfora de mi propia alma: pequeñas partículas de materia flotando en un rayo de luz que no me pertenece, pero que me atraviesa.
¿Quién le dio permiso a la luz para ser tan elocuente?
Es una provocación directa de Aquel que susurra en mis adentros. Me está diciendo que la belleza no es algo que yo deba crear con mi ingenio, sino algo que debo aprender a no estorbar. El mundo ya está terminado, ya es perfecto. Mi única tarea, en este despojo, es quitarme de en medio. Quitar mis juicios, mis prejuicios, mis expectativas y mi necesidad de ponerle nombre a todo lo que veo.
Nombrar es, a menudo, una forma de matar el misterio. Cuando digo "eso es una mesa" o "eso es un recuerdo", dejo de verlo para pasar a archivarlo. En este viaje hacia mí mismo, he decidido des-nombrar el mundo. Quiero volver a mirar las cosas como si fuera la primera vez que el polizón que soy abre los ojos tras el naufragio. Quiero que el lector sienta ese mismo desconcierto: la borrachera de quien descubre que no sabe nada de lo que creía saber.
El silencio me está enseñando a mirar con los poros, no solo con los ojos. Siento la presión del aire sobre mis mejillas, el roce de la tela contra mi hombro, la sutil vibración del suelo. Mi cuerpo se ha convertido en una antena de una sensibilidad exasperante. Y en esa sensibilidad, la autocomplacencia se derrite. Ya no puedo decir "estoy bien" o "estoy mal" con esa ligereza social con la que despachamos las conversaciones en la calle. Aquí, "estar" es un verbo que requiere toda mi energía. Estoy siendo. Estoy existiendo en bruto.
Y en ese estado de "existencia en bruto", aparece la sombra de la memoria.
Los recuerdos en el silencio no son como los recuerdos en el ruido. En el ruido, los recuerdos son fotografías que pasamos rápido en un álbum. En el silencio, los recuerdos son presencias que se sientan a tu lado. Aparecen rostros, conversaciones que dejé a medias, errores que creí haber enterrado bajo capas de actividad frenética. El silencio los desentierra todos. No para castigarme, sino porque en el taller de El Origen, no se tira ninguna pieza. Todo lo que he sido, incluso lo que me avergüenza, es material de construcción.
Siento la tentación de levantarme y caminar, de buscar algo que hacer para no tener que conversar con esos fantasmas. Pero el compromiso con este libro, con estas 100.000 palabras de verdad, me mantiene pegado al asiento. "Quédate", me dice la voz sin cuerdas vocales. "Quédate hasta que el fantasma se convierta en luz".
Porque el autoengaño más común es creer que podemos elegir qué partes de nosotros llevamos a la soledad. Creemos que podemos invitar solo a nuestra parte luminosa, a nuestro "yo" espiritual y sereno. Pero la soledad es un anfitrión que no admite filtros. O entras entero, con tus grietas y tus pozos negros, o no entras en absoluto.
Soy un pasajero en un barco que ha soltado amarras. Ya no veo la costa de lo que fui. Solo veo el horizonte de lo que está por venir, un horizonte que todavía no tiene nombre, pero que huele a eternidad.
A veces, la luz necesita un obstáculo para revelarse. Me quedo mirando el ventanal de esta habitación de silencio y me doy cuenta de algo que, en el estruendo de los días pasados, me habría parecido un detalle insignificante, casi molesto. La luz del atardecer incide en un ángulo preciso y, de repente, el cristal deja de ser invisible.
Aparece la suciedad.
Manchas de dedos de alguien que quiso tocar el afuera, rastros de una lluvia antigua que se secó sin que nadie la limpiara, una fina pátina de polvo que lo empaña todo. Mientras la habitación estaba a oscuras, el cristal parecía perfecto. Pero bajo la implacable honestidad de la luz de El Origen, mi abandono se hace evidente.
Y entonces comprendo que ese cristal es mi propia mirada.
Llevamos puestas las gafas de nuestra historia, de nuestros sesgos y de nuestras heridas. Creemos que estamos viendo la realidad, pero solo estamos viendo una versión difuminada por nuestra propia suciedad interna. Lo más trágico no es que el cristal esté sucio; lo más trágico es que nos hemos acostumbrado tanto a la mancha que ya no la vemos. Hemos convertido nuestro abandono en una estética, en una forma "normal" de mirar.
Esa mancha en el cristal disipa la luz. La fragmenta. Hace que lo que debería ser un rayo puro de verdad llegue a nosotros como una sombra confusa. ¿Cuántas veces he juzgado a alguien, o me he juzgado a mí mismo, basándome simplemente en que la luz no podía atravesar la mugre de mi prejuicio?
El silencio es el paño que nos obliga a limpiar. Pero limpiar duele. Porque para quitar la mancha, primero tienes que aceptarla. Tienes que reconocer que has sido descuidado con tu transparencia. Que has permitido que el polvo de la vanidad y el barro del miedo se acumulen hasta convertir tu visión en un muro opaco.
Mirar el cristal sucio es encontrarse con la propia negligencia. Es ver la huella de nuestro "yo" intentando aferrarse a algo, dejando la marca de su grasa egoísta en la superficie de lo que debería ser sagrado. Aquel que susurra en mis adentros no me reprocha la suciedad, pero me muestra con una claridad aterradora que, mientras no limpie, seguiré viviendo en una penumbra elegida.
Me pregunto si el lector se atrevería a quitarse las gafas ahora mismo. Si se atrevería a mirar el cristal de su propia ventana interior y reconocer que ese tono grisáceo que le atribuye a la vida no es más que su propia falta de limpieza espiritual.
El polvo, en el aire, es danza; en el cristal, es ceguera.
Qué ironía descubrir que el mayor obstáculo para ver a El Origen no es la distancia que nos separa de Él, sino la milimétrica capa de nosotros mismos que hemos interpuesto en el camino. Somos nosotros los que disipamos la luz. Somos nosotros los que, por no querer ver nuestra suciedad, preferimos convencernos de que el sol ya no brilla como antes.
Me levanto, no para limpiar el cristal físico, sino para sostener la mirada a mi propia mancha. El viaje del YO hacia sí mismo empieza por reconocer que no somos una fuente de luz, sino, en el mejor de los casos, un cristal que aspira a ser tan transparente que nadie note su existencia. Solo cuando el cristal es invisible, la luz es absoluta.
Limpiar el cristal me ha dejado exhausto. No por el esfuerzo físico, sino por la revelación de lo que había detrás de la mancha: una realidad tan cruda y tan vasta que mi primer instinto es volver a ensuciarlo. La ceguera, al menos, es cómoda. Pero el viaje ya no tiene vuelta atrás. Una vez que has visto la mota de polvo bailando en la luz pura, ya no puedes fingir que el gris es el color del mundo.
Ahora que el cristal empieza a recuperar su vocación de transparencia, el silencio se vuelve más exigente. Ya no le basta con que yo mire hacia afuera; ahora me obliga a mirarme a mí mismo como si yo fuera, también, una superficie que debe dejar pasar la luz.
Me observo en esta soledad y me siento pesado. No es un peso de carne y hueso, sino un peso de "adornos". Me doy cuenta de cuántas capas de barniz me he aplicado a lo largo de los años para brillar ante los demás, para encajar en el diseño que la sociedad esperaba de mí. He sido un coleccionista de máscaras, un arquitecto de fachadas. Me he puesto el barniz de la sabiduría, el barniz del éxito, incluso el barniz de la bondad. Pero el barniz, por muy brillante que sea, es opaco. No deja pasar la luz; la refleja. Y lo que se refleja es siempre el ego, nunca El Origen.
El silencio actúa como un disolvente universal. Empieza a reblandecer esas capas de resina vieja y agrietada. Siento cómo se descascarilla mi importancia personal. Es una sensación de vértigo, como si me estuvieran quitando la piel. ¿Quién soy yo sin mi currículum? ¿Quién soy yo sin mis anécdotas brillantes, sin mis heridas bien narradas, sin mis certezas intelectuales?
Es una provocación que quema. El lector, en este punto, sentirá el impulso de cerrar el libro, porque reconocer que somos "barniz" es aceptar que hemos vivido una vida de plástico. Pero le pido que se quede. Le pido que sienta, como yo, el alivio de la fragilidad. Porque debajo del barniz no hay un vacío aterrador; hay vidrio. Un vidrio frágil, sí, capaz de romperse en mil pedazos, pero capaz de algo que el diamante más pulido no puede hacer: ser atravesado por la luz sin restarle ni un ápice de su gloria.
Aquel que susurra en mis adentros no necesita mi brillo. Necesita mi transparencia. El error del pasajero es creer que debe "iluminar" el mundo con su propia linterna, cuando su única función es no ser una sombra.
Siento el frío del vidrio desnudo. Sin los adornos, me siento pequeño, casi insignificante en la escala de la creación. Pero es una insignificancia sagrada. Es la misma insignificancia de la mota de polvo que, sin embargo, es capaz de manifestar todo un rayo de sol. En este despojo, descubro que la mayor forma de soberbia es creer que somos nosotros los que generamos la luz. La mayor forma de humildad —y de poder real— es aceptar que somos el medio, el canal, el cristal que El Origen limpia con el paño de la soledad para poder mirarse en nosotros.
El viaje hacia uno mismo es, paradójicamente, un viaje para dejar de ser "uno mismo" y empezar a ser "el lugar donde ocurre la Vida".
En este naufragio elegido, el escenario cambia. Los objetos que me rodean en esta habitación —esa silla de madera desgastada, la lámpara que proyecta un cono de luz tibia, el libro cerrado sobre la mesa— han dejado de ser herramientas. En el ruido del mundo, las cosas son solo extensiones de nuestra utilidad: la silla sirve para sentarse, la lámpara para leer, el libro para informarse. Pero aquí, bajo la mirada del silencio, los objetos recuperan su dignidad de seres presentes.
Me observan.
Parece una locura, pero en la soledad profunda, uno siente que la materia también tiene una forma de conciencia silenciosa. Esa silla no intenta ser nada más de lo que es. No tiene ego, no tiene barniz, no tiene pasado que justificar ni futuro que planear. Simplemente está. Y en su estar, me lanza una provocación silenciosa: "¿Puedes tú, pasajero, limitarte a estar con la misma honestidad con la que yo sostengo tu peso?".
Me doy cuenta de que nos rodeamos de objetos para no sentirnos solos, pero acabamos usándolos para ignorarnos. Llenamos nuestras casas de "cosas" porque el vacío de una habitación nos recuerda el vacío de nuestro propósito. Sin embargo, en este despojo, los objetos se vuelven transparentes. Veo en la veta de la madera de la mesa el rastro de un árbol que una vez respiró, una obra de El Origen que fue transformada por manos humanas y que ahora me sirve de apoyo. Todo está conectado por un hilo invisible de diseño y sacrificio.
Esta es la "soledad de los objetos". Ellos están en paz con su destino. Yo, en cambio, sigo luchando por definir el mío.
El lector quizás piense que hablar de una silla es alejarse del alma, pero es todo lo contrario. Si no puedes ver lo sagrado en la materia que tocas, difícilmente lo verás en el espíritu que te habita. El "yo" que viaja hacia sí mismo debe aprender la lección de la piedra y de la madera: la aceptación total de la propia naturaleza.
De repente, el silencio se rompe con un sonido mínimo: el crujir del suelo o el zumbido casi imperceptible de la electricidad. En el ruido cotidiano, estos sonidos son basura acústica. Aquí, son eventos cósmicos. Me sobresaltan porque mi piel está ahora tan fina que cualquier vibración es un mensaje. ¿Es Aquel que susurra en mis adentros utilizando el mundo físico para recordarme que el diseño no se detiene nunca?
Me siento pequeño ante la lealtad de las cosas. Ellas no me juzgan. No les importa si mi cristal está sucio o si mi barniz se está descascarillando. Ellas simplemente me ofrecen un espacio para que yo pueda, por fin, desmoronarme con seguridad.
Este es el verdadero lujo de la soledad: no tener que sostener la fachada ni siquiera ante los muebles. Puedo llorar, puedo temblar o puedo simplemente quedarme inmóvil durante horas, y la habitación seguirá abrazándome con la misma indiferencia amorosa. Es una forma de libertad que el mundo exterior, con sus juicios constantes, nunca podrá darnos.
Pero el polizón, mi ego, se siente humillado por esta simplicidad. Quiere que las cosas sean "especiales", quiere que la silla sea un trono y que el silencio sea una sinfonía. Le cuesta aceptar que la santidad reside en lo ordinario. Le cuesta entender que El Origen no se manifiesta en lo espectacular, sino en la persistencia silenciosa de un átomo al lado de otro.
El reloj de la pared ha dejado de ser un contador de minutos para convertirse en un martillo. En el mundo del ruido, el tiempo es algo que "pasa" o que "se pierde"; aquí, el tiempo es algo que se siente sobre los hombros. Es una magnitud física.
Llega un momento en este despojo en el que el silencio deja de ser un bálsamo y empieza a ser una presión. Es la etapa de la impaciencia del ego. Mi mente, acostumbrada a la gratificación instantánea de la respuesta, del clic, del saludo o de la tarea cumplida, empieza a retorcerse de angustia. "¿Y ahora qué?", me pregunta con una voz cargada de ansiedad. "¿Cuánto tiempo vas a estar así? ¿Para qué sirve todo esto?".
Es una pregunta trampa. El ego solo entiende la utilidad, no entiende la esencia. Para él, si un minuto no produce un resultado visible, es un minuto robado a su propia importancia.
Esta es la verdadera frontera del viaje. Muchos buscadores de silencio se dan la vuelta aquí. Cuando el aburrimiento —esa forma moderna de llamar al pánico ante el vacío— aparece, encendemos la radio, cogemos el teléfono o inventamos una urgencia para escapar de nosotros mismos. Porque el aburrimiento no es falta de estímulos, es el síntoma de que nuestra conexión con El Origen está tan obstruida que no sabemos disfrutar del simple hecho de existir.
Me quedo sentado. Sostengo el tic-tac del reloj como quien sostiene una carga pesada. No busco distraerme. Me obligo a mirar de frente a esa ansiedad, a esa necesidad compulsiva de "hacer algo". Y entonces ocurre algo revelador: descubro que mi agitación no es por falta de actividad, sino por falta de control. Me aterra no ser el dueño del tiempo. Me aterra que el tiempo siga fluyendo sin que yo le ponga mi sello, sin que yo lo convierta en "mi" tiempo.
"Suelta el timón", parece decirme Aquel que susurra en mis adentros.
Pero soltar el timón es sentir que el barco va a la deriva. Es aceptar que la vida no es algo que yo dirijo, sino algo que sucede a través de mí. La impaciencia es la resistencia del polizón que teme que, si no hace ruido, el capitán lo arrojará por la borda. Y tiene razón: en este viaje, el personaje que hemos construido debe morir de inanición. No le daremos comida, no le daremos atención, no le daremos validación. Solo le daremos silencio hasta que se rinda.
Empiezo a saborear la lentitud. Es una borrachera amarga al principio, pero que poco a poco se vuelve dulce. Observo cómo una sombra cruza lentamente el suelo de la habitación. Tarda una hora en recorrer un palmo de baldosa. En el mundo exterior, esa hora habría estado llena de correos, llamadas y prisas. Aquí, esa hora ha sido dedicada exclusivamente a ser testigo de un movimiento cósmico. He visto girar la Tierra a través de una sombra.
¿Hay algo más productivo que ser consciente del giro del mundo?
El lector que busca recetas rápidas se sentirá provocado por esta lentitud. Vivimos en la era de la síntesis, de los resúmenes de libros, de las ideas masticadas. Pero el alma no se puede sintetizar. El alma requiere un tiempo geológico. Para que el diamante de la verdad aparezca, el carbón de nuestra personalidad debe ser sometido a una presión constante y prolongada. No hay atajos para llegar a El Origen.
Cada minuto de "aburrimiento" que sostengo es una capa de barniz que se desprende. Cada bostezo de mi ego es una victoria de mi esencia. Estoy aprendiendo a habitar el presente no como un concepto de autoayuda, sino como una realidad física: este aire, este peso, este silencio. Nada más.